Reflexiones, Sin categoría

25 años esperando la paz

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Mañana es un día especial. Hace 25 años, un 16 de enero se puso fin al conflicto armado en El Salvador. Con la firma de los acuerdos de paz llegó a su final una guerra que costó la vida de 70.000 salvadoreños. Como en todas las guerras, gran parte de ellos civiles inocentes.

Quisiéramos ser optimistas, quisiéramos decir que valió la pena tanta sangre, tanta muerte, tantas noches de terror y tantas familias separadas, sueños truncados y corazones irremediablemente destrozados. Porque sí: hay progreso, derechos humanos y elecciones libres. Pero, después de estos 25 años, la pregunta es: ¿Hay paz en El Salvador? ¿Nos sentimos seguros los salvadoreños?

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La respuesta salta a la vista. Por que si tu cuenta bancaria no da para guardaespaldas y no te parqueas en una exclusiva zona residencial, si eres uno de miles de salvadoreños que te enfrentas a un apretado horarios laboral, el transporte público y transitas a pie por las calles de nuestro bello país (teniendo cuidado de quién la domina, no llevar prendas de vestir que pueden ser mal entendidas, ni portar prendas de valor a la vista) eres uno de los que arriesga todos los días la vida con sólo ir a trabajar.

¿Deberíamos ver las cosas buenas de El Salvador?

Nuestro país tiene muchas cosas buenas, lastimosamente, encharcadas por la violencia y la corrupción, y mientras estos problemas sigan tocando nuestras puertas todos los días, lo bueno de nuestro país sigue quedándose a la zaga.

Sí. Trabajamos. Tratamos de ayudarnos. Pagamos los impuestos y respetamos la ley. Muchos, miles, hacemos nuestra parte y luchamos por una cultura de paz; pero, mientras nuestros líderes no hagan su parte, las cosas van a seguir de mal en peor.

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Donde hay corrupción, no puede haber paz.

Cuando lo que debería ir a las escuelas, a la lucha contra la violencia, a los proyectos sociales siga quedándose en multicolores intereses políticos, la paz no podrá ser posible. Cuando nuestros líderes prefieren invertir en parques y plazas, en lugar de mejores salarios; y en suculentos banquetes, en lugar de mejores enfoques pedagógicos, los salvadoreños seguiremos esperando la paz.

Cada uno de nosotros puede hacer algo o mucho, eso es cierto. Pero, lo más importante es un llamado a un alto a la corrupción, un alto a la indiferencia, un alto a la polarización y a las cortinas de humo, y exigir la solución que salvadoreños y salvadoreñas nos merecemos y por la que luchamos, todos los días.

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