historia de amor, dolor, traición
Cuentos

Sufrir o Gozar

historia de amor, dolor, traición

 

Nataly entró en casa como si nada.

—Hola, Bebé. —saluda con toda tranquilidad y, mientras se quita la bufanda y el abrigo, veo claramente todas las señales que confirman mi sospecha: su perfecto cuello de porcelana  un poco enrojecido justo en el sitio que yo recorro con mis besos, las mejillas encendidas, los ojos brillantes que tiene siempre después de un orgasmo y ese vaivén en las caderas, es inconfundible.

—¿Qué tal tu día? —pregunta su vocecita tintineante y se me corta la respiración. ¿Cómo puede fingir con tanta naturalidad? ¿Quién es esta mujer que miente como respirar? ¿Dónde está mi niña inocente, mi niña perfecta, la niña a la que yo le enseñé a amar? ¿Dónde aquella que abría los ojos de asombro al gozar en mi cama? ¿Dónde aquella que juró amarme y serme fiel en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad?

Sus caderas se mueven del comedor a la cocina; yo la observo desde el umbral que da a la sala sin acertar a decir, preguntar, reclamar… sólo consigo hacer pasar el nudo en mi garganta y sentir el acre recalcitrante quemando mis entrañas. ¡Por Dios! No puede ser cierto, lo estoy viendo con mis propios ojos y no creo que sea cierto.

—… entonces Madelein hizo su numerito de niña regañada, ya sabes cómo es Madelein cuando se le hace  ver sus errores, pero en fin…

—Dile que venga. —No consigo darle naturalidad al tono de mi voz, es más, apenas he podido pronunciar las palabras con algo de claridad. Ella se detiene con una bandeja de bocadillos en la mano, habíamos quedado en ver una película, “como en los viejos tiempos”.

—¿A Madelein?

—¡No, maldición! Olvida a Madelein. ¡A él!

Nataly retrocede con los ojos muy abiertos, no sé si por mi tono amenazador o por la certeza de saberse descubierta.

—David, yo…

—Sí, ya sé, tienes algo que decirme, ¿es eso? Es muy tarde para explicaciones, Nataly.

Ella pone la bandeja sobre la mesita de la sala, despacio, casi con parsimonia. Su rostro ha perdido por completo su cariz inocente y sus ojos refulgen de cosas que no entiendo. ¿Cómo hago para retenerla sin pisotear mi propio orgullo? ¿Podría perdonarla? ¿Ella quiere ser perdonada? ¿Va a decirme que se va?

—¿Cómo te enteraste?

—¡Eso qué importa? Me fuiste infiel, quién sabe cuántas veces. Tú: mi esposa, mi tesoro… ¿Quieres que te cuente lo de los mensajes y tu actitud extraña? ¿Qué te escucho llorar encerrada en el baño en las noches…?

Sonríe con resignación, como si fuera algo que ha estado esperando con aprehensión.

—Sí, sabía que me conocías demasiado bien como para seguir con esto por mucho tiempo.

—¿Desde cuándo?

Voy a ella sin ocultar las lágrimas de rabia e indignación y ella no parece temer la oleada de ira que me invade, permanece impasible con las manos juntas sobre el regazo.

—Desde antes de casarnos.

Juro que ni Nagazaki sufrió la conmoción que yo siento en mi pecho en este momento. Las palabras rebotan como ecos de una risa depravada que me restriega la verdad de su adulterio hasta  la garganta y me dan ganas de vomitar.

—No es el fin del mundo, David, hay cosas que no has considerado. Queríamos proponértelo, pero no es fácil…

—“Querían” ¿Ustedes? ¿Hablas de mí cuando estás en la cama con tu amante? ¿Qué clase de monstruo eres tú?

—David, escucha, ¿no te parece que sería mejor conciliar en lugar de romper con todo? Yo también te amo, no quiero irme, pero hay cosas de mi naturaleza que no entiendes…

—¡Basta! Vete de una vez… Si te quedas un minuto más, no sé de qué seré capaz.

En ese momento, en ese inoportuno momento, suena el timbre de la puerta. Me parece que fuera un mal chiste en una mala película de comedia. Nataly va corriendo a abrir, trata de recomponerse y yo me quedo sintiéndome como si me hubiera inoculado algún virus zombie. De pronto hay pasos apresurados que llegan a unos metros de mí.

—¡Oh, por Dios! ¿Se los has dicho?

Me quedo mirando con ganas de reírme, pero demasiado confundido como para hacer algo.

—Todavía no le hago la propuesta, se puso como loco.

—Era lógico. Pero escucha, David, no tienes porqué echar a Nataly. Podemos llegar a algún arreglo, ya sabes, los tres… Nunca lo hemos hecho, pero Nataly es tu esposa y te ama y a mí, bueno, no me desagradas.

Se sientan en el sofá frente a mí y observo ambos rostros que esperan mi respuesta. ¿Los tres?

—¿Qué dices?

Pregunta  Madelein con ansiedad.

 

 

 

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2 comentarios en “Sufrir o Gozar”

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