Novela

Deja Vu. Una historia de amor sin fin.

Deja Vu. Una historia de amor sin fin.

Una dolorosa pérdida hará a Christopher Raynolds tomar una decisión que cambiará su vida y lo llevará a vivir una aventura sobrenatural en la cual logrará curar viejas heridas y reemprender el viaje del amor. Una historia de amor que no te puedes perder.

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Deja Vu, una historia de amor sin fin.

 

Capítulo 4.

El olor del desayuno llenaba toda la casa mientras Christopher entraba procedente de recorrer las tierras de cultivo junto a Albert, quien aún no podía interiorizar la reciente muerte de su padre.

No lograba sacarse de la cabeza la angustia de su amigo. No había tenido la mejor relación del mundo con su padre, pero le constaba que le tenía cariño y respeto, perderlo al mismo tiempo que tenía que ponerse al frente de sus negocios era una doble carga para el joven, como se lo había expresado mientras cabalgaban por los campos y bailaban los maizales como olas tranquilas de un mar de oro.

—No creo poder hacer esto, Chris. —había dicho de pronto en tono sombrío, ignorando el comentario que su amigo le hacía sobre la abundante cosecha del año anterior.

—No te adaptarás en un día, eso es cierto; pero lo harás, con el tiempo.

—¿Con el tiempo? ¿Cuánto tiempo? Mi único interés era ir a la universidad y estudiar leyes, no me da gusto entablar relaciones con rancheros y terratenientes. ¿Te imaginas cómo verán a un chico de ciudad que no sabe nada de labranzas y cosechas?

—Seguramente querrán aprovecharse de ti —contestó entre risas su amigo, pero a Albert Stowie no le hizo ninguna gracia.

—¡Exacto! ¿Cómo voy a saber si me están tomando el pelo, o si debo bajar mis precios, o ellos deban bajar sus precios…? Debería volver a la ciudad y olvidar todo esto.

Christopher detuvo su caballo y miró a su amigo con seriedad.

—Albert, ¿hablas en serio? No puedes sólo dejar tirada las tierras de tu padre y a tus hermanas, estas tierras lo son todo para ellas y mucha gente más. Gente que está ligada a estos parajes y sus cultivos, a los animales, a las estaciones y las costumbres. ¿Qué pasará si nadie se pone al frente?

—Bueno, si tanto te interesa esta gente y esta tierra, ponte al frente tú, ¿no?

—Estoy en casa, Susanne. —anunció, sin muchos ánimos, mientras se despojaba de chaqueta y sombrero,  los dejaba en una percha junto a la puerta y avanzaba hacia la cocina. En el pequeño pasillo casi chocó con una dulce mujer que venía a su encuentro.

Sus grandes ojos negros brillaron al encontrarse con los suyos y una sonrisa que se abría como capullo en primavera dejó ver una perfecta fila de dientes blancos. Mejillas sonrosadas y una frente blanca y lisa eran enmarcadas por una cabellera rubia impecablemente apretada en un moño. Era hermosa, pero él no podía evitar pensar en ella mientras se soltaba el moño y su sonrisa se convertía en una ardiente invitación, como si una criatura secreta se escondiera detrás de ella y le estuviera reservado sólo a él conocer el secreto de su transformación nocturna en una ninfa insaciable.

—Has vuelto muy pronto —dijo gozosa lanzándose a su cuello—. Dime que por fin pasarás un día conmigo como me lo has prometido.

Chris sintió una punzada de culpa. Era verdad que muchas veces habían planeado pasar un día en descanso y sosiego. Podría habérselo pedido al padre de Albert. Había sido un hombre firme y cabal, un hombre que no daba su brazo a torcer cuando sabía que la justicia estaba de su parte, con convicciones inamovibles y un sentido serio del trabajo y el deber, pero en el fondo era amable y comprensivo, no se necesitaba mucho para conmover su corazón y, por agregado, sentía cierta debilidad hacia él desde que era pequeño, cuando llegó siendo un huérfano solitario y comenzó a trabajar desde los diez años con esmero y fidelidad. Con gusto le habría dado su consentimiento para darle una alegría a su linda y joven esposa, sino hubiera enfermado de pronto y muerto meses después sin que ningún doctor pudiera hacer algo al respecto. Tenía el presentimiento de que Albert sufriría un colapso si le anunciaba que pensaba dejarlo solo en la finca por un día entero.

—Me temo que eso no será posible, Su. No con el joven Albert en el estado de conmoción en que se encuentra. Es más…

—¿Qué? —Le urgió al ver que la pausa se alargaba.

—Albert quiere que acepte ser su representante ante sus socios.

—No entiendo, ¿no es eso lo que has sido para su padre?

—Sí, aquí en la finca, pero Albert tiene una idea más… amplia. Reunirme con sus socios y clientes más importantes en sus haciendas… ya sabes. —terminó con una expresión más bien de duda.

Susanne guardó silencio unos momentos. Su hermano había hecho ese trabajo durante algunos años, pero lo había dejado para marcharse a  contraer matrimonio con una joven de la ciudad. Lo único que ella recordaba era que su hermano nunca estaba en casa.

—¿Por qué tú? —La interrogante en un doloroso murmullo le indicó el hilo de los pensamientos de ella. La abrazó comprensivo y pensó en la propuesta de su amigo, ¿no sería contraproducente realizar los negocios que le correspondía a él? Albert tendría que aprender cómo se movían las cosas, más temprano que tarde, a menos que le diera el puesto definitivamente. Los socios lo conocían, había acompañado al señor Stowie infinidad de veces y estaba al tanto de cómo se movía el mercado, pero ¿valía la pena dejar sola a la dulce Susanne durante semanas, meses quizá?

—¿No has pensado que es precisamente por Susanne que deberías hacerlo?

Durante el desayuno Albert se esmeró en convencer a Christopher de que era una oportunidad que no se le presentaría dos veces en la vida. Tenía que convencerlo ya que no veía otro modo de quitarse esa preocupación de encima, si había alguien de confianza al frente de la finca, él bien podría dedicarse a sus estudios como tanto lo deseaba y regresar, al cabo de terminados estos, a tomar su lugar.

—Ella es perfectamente feliz con la vida tranquila que llevamos ahora. —recordaba cómo se lo dijo ella la noche anterior, no con la voz suave que usaba en sus conversaciones cotidianas, sino con la voz de fuego de la ninfa.

—¿Tú no sabes nada de mujeres? Dicen eso para no presionar, pero en el fondo todas las mujeres desean joyas y vestidos.

Chris no se imaginaba a su pequeña Su llevando joyas y vestidos complicados, de hecho, pensaba que las mujeres que se preocupaban más por una tonta joya que por su propia salud carecían de algo fundamental en sus sentimientos y no podía considerarlas seriamente. Su esposa no era una de ellas.

—Te ayudaré en todo lo que esté en mis manos, pero no realizaré más viajes de los necesarios para mi posición actual, ¿entiendes?

Albert se puso de pie. Desde que Chris había llegado a la finca de su padre había visto en él al hermano que nunca tuvo. Su padre le tenía mucha consideración, él mismo le había conferido muchos privilegios, que pensándolo bien, quizá eran exagerados. Era debido a eso que su amigo se tomaba libertades que no deberían corresponder a  alguien en posición de subordinado, por ningún motivo.

—¿Tendría que darte una orden para que vieras lo importante que es esto?

—El señor Stowie no habría hecho eso.

La comparación con su padre hizo subir el nivel de orgullo de Albert, ¿podía uno de sus empleados hablarle de ese modo? Cierto que Chris se había ganado el respeto de su padre desde muy joven y lo había puesto sobre los otros peones, incluso, estos mismos hombres admitieron que no había sido una decisión descabellada, con todo, no le permitiría pensar que tenía derecho de decidir.

—Tal vez me expresé mal al darte a entender que podías elegir en este asunto. Quiero que te hagas cargo o venderé y me olvidaré de todo. Podría vivir muy bien una larga temporada con las ganancias que obtendría de esta finca.

Chris no se inmutó, era cierto que mucha gente lo pasaría mal si Albert vendía, pero no permitiría que pusiera sobre él la responsabilidad de esa decisión. Se puso de pie al tiempo que se acomodaba el sombrero.

—Entonces, patrón, me avisa cuando debemos empacar nuestras cosas. Buen día.

Salió del despacho de su amigo con la sensación de que era una persona completamente distinta al hombre que había conocido desde niño. “Desde el momento en que un amigo da una orden, deja de ser amigo”. Le habían dicho los otros trabajadores cuando aún era muy joven, hasta ahora se daba cuenta de lo cierta que era esa declaración.

Susanne se acomodó perfectamente en el regazo de su esposo. Suspiró y apreció con deleite el cielo estrellado a través de la ventana de la alcoba nupcial. Era una noche clara, una luna redonda y enorme adornaba su cielo. Volvió a suspirar, pero esta vez al comprobar que Chris seguía completamente encerrado dentro de sí mismo y ella sabía cuál era la razón.

—Deberías aceptar, al menos por un tiempo.

—Albert no se conformará con unos meses, además… ¿Cómo sabes que pensaba en eso?

Ella rió tapándose la boca discretamente.

—Oh, cariño, casi puedo leer tus ojos como si fueran dos libros abiertos.

Él frunció el ceño y ella volvió a reír. Le gustaba cómo ponía esa expresión tan seria y la forma cómo analizaba sus problemas partiendo de la premisa que los demás quedaran satisfechos con la solución, eso le provocaba frecuentes dolores de cabeza, pero fue una de las razones por las que había llegado a quererlo con devoción aún cuando fue su padre el que arregló el compromiso con el señor Stowie. Al principio estaba llena de resentimiento, pero se dio cuenta que era un buen hombre, con un lado tierno que no le gustaba que vieran y con un sentido del deber que no sabía que existiera. No podría haber dejado a nadie, lo conociera o no, en problemas sin hacer algo al respecto. Precisamente por eso se debatía entre ayudar a su amigo o no.

—Chris.

—¿Mh? —contestó distraído.

Ella escaló sobre sus pectorales hasta alcanzar sus labios y le regaló un beso un poco más intenso de lo que estaba acostumbrada.

—Su…

—Shhhh… Harás lo correcto, Cielo, lo sé. —susurró e hicieron el amor con la vehemencia que sólo pueden los recién casados, aún conociéndose e imprimiendo esa nota de esperanza en cada caricia.

Chris se quedó contemplando el semblante reposado de la joven por muchas horas pensando que debería ser una decisión muy fácil, pero no lo era. No podía darle a Albert la oportunidad de evadir sus responsabilidades para con la gente que había servido tantos años a su padre; también estaba el asunto de dejar sola a la frágil Su, por largas semanas o meses. Sabía, desde antes de casarse, de la precaria salud de su novia y aún así la tomó porque parecía un tesoro demasiado valioso para cualquiera pudiera apreciarlo. Él sabía que ella era diferente de alguna misteriosa forma y ahora era suya y no quería abandonarla. Ella se removió como si estuviera en medio de un mal sueño, con más intensidad  hasta que se despertó de golpe con su habitual dolor en el pecho.

—Tranquila, Su. Ya pasó. —dijo con tono sereno, aunque se le encogía el corazón.

Ella lo miró con ojos desorbitados y se fue calmando hasta quedarse dormida de nuevo.

—Tranquila… aquí estoy… aquí estaré.

Se quedó dormido abrazando con fuerzo al mayor y más frágil tesoro de su vida.

Si eres nueva/o en esa historia puedes seguir este enlace para leer el capítulo 1, haz clic AQUÍ.

No olvides comentar qué te parece esta historia. ¿Qué te gustaría que pasara y lo que más te ha gustado de nuestros personajes? Espero recibir sus comentario, gracias a todas y todos por leer. 😀

novela romantica. historia de amor

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