Cuentos

Íncubo – by R.P. García

Una nueva colaboración nos llega de la pluma de un escritor a quien le debo mucho. Gracias por todas tus muestras de apoyo y tomarte el tiempo de escribir esto especialmente para mi blog.

Íncubo – by R.P. García

DIMONI Incubii (1)

 

 

Una bruma cálida se interpone entre las paredes del dormitorio —en uno de los pequeños pisos abuhardillados, junto a la rivera, que el ayuntamiento alquila a recién licenciados y parejas jóvenes— y sus ojos miopes. Está oscuro y solo el leve resplandor de la luna, que despide la madera de la ventana, le ilumina el cuerpo. En un movimiento rápido se deshace del sostén y sus pechos quedan firmemente amortiguados bajo la tela del camisón.

—Bravo, Matilde —le ha dicho su preparador esa misma mañana, después de que ella le cantara casi sin respirar la larga lista de artículos del derecho civil. Y se ha quedado mirándola, con los ojos muy abiertos, como esperando una sonrisa. Luego se ha levantado a por un termo y un par de tazas—. Si continúas así, creo que podrás presentarte en la próxima convocatoria. Bébete esto; y recuerda salir a despejarte de vez en cuando, no queremos que el día del examen sus señorías te confundan con el fantasma de Canterville.

Ha reído él solo, Matilde se ha limitado a emitir un suspiro tan largo como el sorbo que daría a la taza segundos después. Ha sido incapaz de disimular el cansancio que arrastra desde hace semanas. Nicolás tiene razón, está pálida como la flor del clavo, lleva días durmiendo muy poco, pero por nada en el mundo renunciaría a la deseada plaza de fiscal.

Gira en el colchón mientras aguarda la llegada del sueño. Está exhausta, del intenso estudio, del trabajo en la tienda de ropa deportiva que le permite pagar el alquiler y vivir lejos de sus padres, muy cerca de sentirse por fin independiente. El camisón hace rato que permanece en el suelo, como una mancha blanca, en alguna parte de la habitación, adonde irá a parar su braguita algo más tarde.

Tras despedirse de don Nicolás y abandonar el despacho, ha caminado por el ancho pasillo de la Pontificia hasta la puerta de salida. Acostumbrada al bullicio de la antigua facultad de Derecho, ahora desértica por las vacaciones estivales, ha comenzado a silbar la melodía de Ally McBeal; un poco por nostalgia pero, sobre todas las cosas, para distanciarse del ruido de sus propios tacones contra el suelo de mármol pulido.

Iba tan concentrada en la serie de la abogada del ficticio bufete Cage & Fish, que no ha visto al chico que entraba al tiempo que ella salía y han tropezado.

—Perdón… —han dicho a coro, y ha tratado de buscar los ojos de él, otro devoto de las visitas semanales al preparador, para entablar conversación.

—No es nada —ha respondido el muchacho sin alzar la vista. Ha recogido la carpeta y ha reanudado la marcha.

Matilde se ha detenido junto a la puerta unos minutos, antes de decidirse a volver al vestíbulo, el sol ha calentado con fuerza durante toda la mañana. Fueron compañeros durante la carrera, ha sido capaz de reconocer su cara, pero estaba segura de que no habían cruzado una sola palabra antes. Tantas horas de aislamiento en la biblioteca habían hecho de ella una mendiga de contacto humano. La imagen del chico ha permanecido durante un rato más en su cabeza, hasta que se ha olvidado de él por completo y se ha dirigido a la máquina de café para servirse un expresso con mucho azúcar.

Extiende los brazos en el colchón, desliza los pies sobre la suavidad de la ropa de cama para sentir el frescor que aún pudieran albergar las sábanas, húmedas de sudor. Se escuchan pasos afuera. Sombras insomnes pasean a sus perros por la orilla de la rivera, en la madrugada. Los jadeos de los animales que cruzan bajo la ventana se cuelan en el dormitorio, creando la ilusión de que resuellan dentro del cuarto, a escasos centímetros de su oreja. Gira de nuevo sobre sí misma. Todo está en calma.

Con el café humeando en la mano ha pedido la llave de la sala de exposiciones. En realidad no ha llegado a decir nada, se ha acercado al conserje y éste ha descolgado el llavero de una clavija en la pared y la ha acompañado escaleras arriba, como hiciera ayer y anteayer y cada día de la semana pasada.

—Las colecciones de arte son como las plagas de langostas para las salas vacías en las instituciones —ha dicho mientras tiraba de las persianas, y la claridad ha iluminado aquellos marcos, lienzos y caballetes. Luego se ha despedido y Matilde ha quedado sola en medio de ese oasis para viajeros solitarios. Quizá tenga razón, ha pensado mientras camina por la galería, la mayoría son obras que nadie verá y cuyo fin es justificar los presupuestos al cabo del año.

Se acaricia el bajo vientre y estira las piernas cuanto puede en la mullida superficie, incapaz de abarcarla. Recuerda las modestas camas nido de la residencia de estudiantes, lo difícil que era que las Hermanas accedieran a dejar pernoctar allí a cualquier chico, y lo poco que había mejorado la situación para ella a ese respecto.

Las ansias por alcanzar el sueño crecen; pero no por quedarse dormida, no piensa todavía en el descanso, espera a la ensoñación lúcida, agitada y turbadora, como un crujir de huesos, y a su misterioso protagonista que la visita, en ese sueño, desde que viera por primera vez el cuadro.

De pie en la galería, se ha atrevido a contemplar el lienzo de nuevo. Sobre el fondo negro del óleo, un ser alado de apariencia demoniaca yace junto a una mujer desnuda, de cabellos largos y pechos generosos. Ella parece incapaz de resistir la atracción que siente por el íncubo, que entrevera con los muslos, dominada por sus instintos más básicos. Matilde se ha estremecido al sentirlo suyo, como en una fantasía virginal, como si el coito brutal que tiene con aquel engendro desde hacía varias noches, en mitad de la duermevela, fuera el principio y el final de un mal mayor, tan grande e irresistible como el mal mismo.

La brisa que se eleva al mecer de las aguas atraviesa la ventana y templa su desnudez. Imagina una estancia de paredes blancas y techos abovedados, como deben de ser las de algunos palacios. Camina descalza por en medio de hileras y retorcidos laberintos de fichas de dominó, perfectamente alineadas en el suelo de la habitación, que tanto se parece a la sala de exposiciones; imagina que camina de puntillas, con un ritmo rápido y saltarín en los pies, intentando no perturbar el orden universal de aquél juego con un descuido, mientras las manos descienden y acarician su sexo, esperando el caos renovador.

Ha regresado a casa hacia el mediodía, a la hora de comer, pero ha sido incapaz de probar bocado. Ha telefoneado a la bibliotecaria para reservar un espacio en la segunda planta de la biblioteca municipal, en el único lugar donde es capaz de concentrarse cuando duda de poder hacerlo, ha ordenado la casa y, al rato, ha cancelado la reserva ante la voz contrariada de la funcionaria. Solo desea dormir, dormir por siempre.

Un roce del tobillo es estímulo suficiente para que las fichas comiencen a caer, sin control, en oleadas de placer. No disimula los gemidos que le brotan de la garganta, hasta extinguirlos y dejar que se apaguen en el silencio. Se ve capaz de conciliar el sueño, pero una sensación de profundo terror se lo impide. Atenaza la almohada en torno a la cabeza, ha comenzado a tararear a viva voz la melodía de Ally McBeal; un poco por costumbre pero, ¡por el amor de Dios!, para no escuchar las pezuñas cabrías golpeando contra el parqué. Parece tan horrible, tan irreal en su realidad, que no queda ya ni rastro de la inocente travesura de otras noches; de ese dejarse llevar; ahora se siente incapaz de dormir mientras la lengua rugosa de un animal le humedece la espalda.

 

R.P. García para Milcuentosdeamor a 7 de agosto de 2016

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