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Deja Vu, una historia de amor sin fin.

“Ya viví esto antes, ¿lo viví, o fue sólo una sensación?”  Descubre una historia de amor perdida en una trampa del tiempo.

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Portada.

Deja Vu, una historia de amor sin fin.
Capítulo 3.

Christopher permanecía de rodillas junto al acantilado, dejando que la lluvia lo calara hasta los huesos.

“Está… muerta”.

El abismo era una mancha oscura. A su lado Lady O’Bryan gritaba, pero él no era capaz de escuchar sus palabras. Su mente se retorcía en busca de respuestas, para las cuales ni siquiera lograba formular las preguntas. “Acabo de vivir un mismo día por segunda vez. ¿Acabo de vivir el mismo día por segunda vez? ¡El mismo día!”… Y así, seguía repitiendo para sí mismo una verdad tan innegable como imposible.

—…salvarla, podría estar viva…

Christopher dirigió su mirada ausente hacia la dama que se negaba a creer lo que veía. No la culpaba, llegados a esa situación, ni lo que veía era confiable. Se puso de pie con dificultad, obligado  por la necesidad de poner a salvo a la señora, quien no dejaba de lamentarse y exigir explicaciones al cielo.

Recordó la mirada brillante de Lianne Hendersson, esa misma mañana, al saber que podía disponer de la diligencia. Lianne… ¿muerta? No podía…  no quería creerlo.

La luz de un relámpago lo cegó por un momento y despertó sobresaltado por el atronar de la tormenta. La brillante mañana se deslizaba hacia la habitación a través de las blancas cortinas que se mecían perezosamente. Tardó medio segundo en recordar todo de golpe, apartó las sábanas y se vistió a trompicones, todavía terminaba de abotonarse los puños mientras bajaba corriendo hacia el vestíbulo.

—¿Cuál es la habitación de Lady Hendersson?

El administrador se le quedó mirando sin disimular su desagrado ante las fachas de Christopher.

—Como comprenderá, señor Raynolds, no puedo proporcionarle esa información.

Christopher dejó caer el puño sobre el mostrador y el administrador alzó una ceja ante su extraña actitud.

—Mire, tengo que hablar con Lady Hendersson, es un asunto de urgencia.

El empleado tosió discretamente para acentuar su negativa, pero Christopher no le dio oportunidad de hablar.

—No me haga buscar en cada una de las habitaciones del hotel, usted no sabe…

En ese mismo instante apareció Lady O’Bryan en lo alto de las escaleras y Christopher se dirigió a ella.

—Lady O’Bryan, ¿dónde está Lianne?

—¿Usted conoce a mi niña Linny?

El tono de desesperación de la dama hizo a Christopher sospechar que algo realmente malo estaba ocurriendo y decidió mentir para lograr que ella le dijera algo.

—Sí, nos conocimos hace unos meses y necesito decirle algo sumamente importante.

—¡Señor, Linny se ha ido! No sé qué le pasa, dijo que lo hacía para protegerme, tomó el collar y se fue…

Él la tomó por un brazo y la hizo sentar en uno de los sillones en el lobby del hotel.

—Lady O’Bryan, dígame con calma: ¿cómo piensa Lianne viajar sola?

La señora respiró hondo y sacó de su pequeño bolso de mano una nota. En ella se apreciaban unos caracteres firmes y elegantes, la tinta aún fresca.

“Nana, perdoname que por irme sin ti. No quiero que te pase nada, pero debo llevar el collar y salvar a Andrew. Tú sabes que sé montar muy bien, no te preocupes por mí. Te espero en casa. Tuya: Lianne”.

Apretó la nota en el puño y se dirigió al administrador.

—Gracias por su colaboración, como ve el asunto sí era de importancia, le ruego que atiendan a Lady O’Bryan hasta que Lady Hendersson y yo regresemos.

—Espere —la dama fue hasta él preocupada— ¿Dónde piensa buscarla?

—En principio en las caballerizas. Pierda cuidado, yo la traeré.

El mozo de cuadra le informó que una señorita que se veía muy refinada había alquilado un caballo. Se veía nerviosa y cuando él le advirtió de la posibilidad de la tormenta esta no le hizo caso. Casi al mediodía Christopher se desplazaba a todo galope por la carretera de terracería. Sin duda Lianne también se había dado cuenta de que el día se estaba repitiendo, pero ¿cómo planeaba resolverlo ella sola? ¿Por qué no podía sólo no viajar ese día? ¿Por qué era tan importante ese maldito collar?

A lo lejos alcanzó a ver la nube de polvo que dejaba el caballo de Lianne. No podía creer que una joven tan delicada pudiera cabalgar de esa manera. Tuvo que dejar la calle principal y cortar por entre los matorrales para ganar terreno. Apuró su caballo y alcanzó a salir al camino poco después de que ella pasara delante de él.

—¡Lianne!

Lianne miró atrás pero no se detuvo, azuzó el caballo aún más y Christopher temió que matara al pobre animal, aunque ese sería el menor de sus problemas. Se acercó lo más que pudo, pero ella estaba completamente fuera de sí y él se dio cuenta, lleno de pánico, que se acercaban al acantilado.

—¡Lianne, detente, el día se repetirá si mueres! ¡Lianne!

La joven le dirigió una fugaz mirada, mezcla de confusión y de alivio. Poco a poco fue aminorando la marcha hasta que él logró alcanzarla.

—¿Tú…  también lo viviste?

Al ver sus mejillas arreboladas por el esfuerzo, Christopher no pudo evitar recordar el momento en que el carruaje había caído al acantilado. Ahí estaba, delante de él, su corazón palpitando fuerte por la carrera, los ojos brillando y los labios entreabiertos, expectante. Nunca antes ninguna mujer le pareció tan bella, sensual y hermosa. Tuvo un fuerte impulso de abrazarla, pero se contuvo a duras penas.

—Sí, así es. Y quiero ayudarte, pero debemos detenernos a pensar cómo.

—¡No puedo detenerme ni un momento! —atajó la muchacha cambiando completamente su expresión en menos de un segundo. Se bajó del caballo, con una presteza increíble,  antes que él acudiera a ayudarla.

—Si, si, ya sé. ¡El collar! Llevas tres días restregándome ese collar a la cara y ya me estoy cansando. —Christopher no sabía porqué de pronto se sintió furioso contra ella.

—Un hombre inocente fue acusado de robarlo y si no llega a su destino en tres días, con seguridad enfrentará el exilio.

—Si, ya veo, por lo visto te importa más la vida de ese hombre que la tuya.

—Mira no sé quién eres, ni cómo planeas ayudarme, pero no tienes ningún derecho a emitir juicios de valor sobre mis decisiones.

No encontró más forma de hacerla mirarlo a los ojos que agarrando sus hombros y haciéndola girar hacia él.

—Te vi morir, Lianne, y antes de eso a Lady O´Bryan. Las vi morir mientras trataba de ayudarlas y no sabes cómo esa sensación de vacío me devoraba por dentro y cómo deseaba volver el tiempo atrás para cambiar mis actos y poder salvarlas… No quiero que mueras, así que por favor, siéntate a pensar un momento.

Lianne dejó que encendiera una fogata y preparara algo de comer con las pocas provisiones que se había preocupado por empacar. Se había concentrado más en huir como desquiciada que de preparar el viaje como se debía.

Sentados frente a la fogata guardaban silencio mientras el día iba muriendo en el horizonte. Después de las tardías presentaciones llegó la hora de poner las cartas sobre la mesa.

—Bien, es claro que ninguno de los dos sabe de qué manera está pasando esto —comenzó Christopher—, y mucho menos cómo detenerlo. Pero, según todo lo que ha pasado, he sacado una cosa en claro.

—¿Qué cosa?

—La hora.

—¿Qué hora?

—La hora en la que el día vuelve a empezar. Es sobre las diez de la noche. Ahora, no estoy seguro de que las muertes de ustedes hayan influido de alguna manera, así que lo que debemos hacer es esperar esa hora. Si el día se repite de nuevo nos reuniremos temprano mañana…

—Hoy.

—Si, hoy, y analizaremos la situación detenidamente.

—¿Y si no se repite? Si el tiempo sigue avanzando no llegaré a tiempo.

Christopher reprimió un gesto de desesperación.

—Si el tiempo sigue normal yo te subiré a mi caballo, con todo y collar, y te llevaré a donde quieras aunque nos matemos los dos de esfuerzo. ¿De acuerdo?

A pesar de la manera de decirlo ella estuvo de acuerdo. Después de eso ya no encontraron nada qué decir y volvieron a quedarse mirando la fogata. Las estrellas aparecieron y la luna se levantó indolente. Christopher sabía que, sin importar lo inverosímil de la situación, lo único que podía hacer era mantener la calma. Igual que si una estampida amenazaba su vida, entrar en pánico sólo empeoraría las cosas. Lo sabía porque lo había vivido y sobrevivido para contarlo. Los recuerdos acudieron y los apartó de un manotazo mental, no era momento para abrir viejas heridas.

—Pase lo que pase…

La voz de Lianne lo sobresaltó. Se miraron a través de las llamas.

—Gracias por estar a mi lado. —murmuró desviando la vista, y él no pudo evitar que la angustia recorriera sus venas.

“Gracias por estar a mi lado”.

En el siguiente capítulo conoceremos el pasado del guapísimo Christopher Raynolds. Sígueme para recibir los avisos de esta emocionante historia de amor.

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2 thoughts on “Deja Vu, una historia de amor sin fin.”

  1. Me encanta el nombre “Christopher”… así se hace llamar mi personaje en mi proyecto, ese que me vino a través de un sueño. Y el tema… que te puedo decir, sabes que lo he usado porque ¡me encanta!
    Abrazo y estaremos pendientes de las siguientes publicaciones.

    Le gusta a 1 persona

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