Cuentos, Sin categoría

La llave del corazón

Aún en las realidades más insólitas el amor prevalece.

 

El anciano encontró la llave en el mismo cajón de siempre. La sacó con cuidado con la sensación de aprehensión que lo invadía cada vez que la usaba. Tomó algunos libros y su copa de vino y salió de su habitación, camino del porche. Desde ahí la vista del jardín le daba la sensación de que Ruth, su difunta esposa, llegaría en cualquier momento y lo regañaría por no abrigarse como es debido.

Mientras bajaba despacio las gradas -a su edad todo lo hacía despacio-, recordaba los primeros días después de perder a Ruth. Descuidó el jardín por semanas, pero luego imaginó su semblante viendo marchitar las bellas magnolias y, con ácidas lágrimas quemando sus mejillas, comenzó a quitar la maleza y regarlas con la misma regadera oxidada que usaba la anciana.

Palpó el bolsillo para comprobar que la llave seguía ahí, temía que pudiera perderla por cualquier descuido y enfiló por el pasillo hacia la parte de atrás de la casa. «Tengo que cambiar estas cortinas» pensó al ver las telas descoloridas. Lo pensaba todos los días, pero nunca lo hacía. Nunca le habían importado las telas y los colores, pero no quería que Ruth pensara que ya no le importaba la casa.

Llegó hasta el porche y se acomodó en su mullido sillón. Puso los libros sobre la mesita y al lado la copa de vino, tenía que entretenerse en las horas que tendría que estar quieto. Al principio le molestaba, no le gustaba perder dos horas enteras sin hacer nada. Hacía años que eso  ya no importaba.

Sacó la llave del bolsillo y la contempló unos instantes. A Ruth nunca le había molestado esa necesidad de su maquinaria para continuar con vida, hasta había llegado a tomárselo con toda naturalidad y cuando la perdió pensó en dejar de usarla, pero sabía que ella nunca se lo perdonaría. Todavía creía en el cielo y el infierno, si lo hacía nunca más la volvería a ver y quería conservar al menos esa esperanza.

Se desabrochó la camisa e introdujo la llave con cuidado en el agujerito en el pecho que conectaba directamente con el corazón. La giró muchas veces, tantas que se sentía cansado, pero siguió a pesar del cansancio y el dolor hasta que comenzó a sentir la resistencia y la sacó con cuidado. Se recostó para recuperarse, tomaría un par de horas retomar el ritmo habitual de la maquinaria de su corazón. Tomó un sorbo de la copa y con uno de los libros en su regazo se quedó con la mirada clavada en el jardín.

—Descuida, amor, lucharé por seguir cuidando tus magnolias, hasta el día en que quieras llevarme contigo y la llave se quede definitivamente guardada en su cajón.

Homenaje a Mathias Malzieu

 

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1 thought on “La llave del corazón”

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