Cuentos, Sin categoría

La Ciudad del Silencio

El primer axioma de la comunicación humana es:
“No podemos no comunicar”.

 

 

—Ya te dije un millón de veces que me mires cuando te hablo. —bramó Elena tomando el brazo de su hija con fuerza mientras dejaba caer las bolsas con los comestibles. Diana se detuvo a regañadientes y mientras se liberaba del agarre de su madre le espetó con odio.

— A nadie le importa lo que tú digas madre.

Diana sintió como un rayo explotando en su mejilla, la furia bullía dentro de su pecho con tanta fuerza que salió disparada por su mano en un movimiento más allá de su conciencia y que no pudo, ni intentó, controlar.

Su mano llegó a escasos centímetros del rostro de su madre cuando escuchó dentro de su cabeza una voz le gritaba “¡Para! ¡Para Diana!”

Diana se detuvo y se quedó mirando su propia mano sin moverse. Por su parte Elena aprovechó para empujar a la estupefacta chica hasta su habitación. Ni siquiera le dirigió la palabra, la tiró sobre la cama como si fuera la ropa limpia y cerró con llave. Diana escuchó la llave girar dentro de la cerradura, pero siguió mirando su mano como si no fuera suya.

— ¿Porqué? ¿Porqué no me escuchan? ¿Por qué me hacen llegar a esto? ¡Siempre! ¡Todos lo hacen!

* * * * * * * * * * * * * * * *

— ¿Y crees que merecías el castigo?

Dentro de la sala pulcra y amueblada sólo con una mesa y dos sillas Diana se sentía como en un mundo alterno. Blanco, vacío, limpio.

—No hice más que decir lo que pensaba.

— Diana, tú ya no eres una niña, sabes que a veces no puedes decir lo que piensas como lo piensas.

La doctora Osegueda esperó la respuesta con la misma expresión impasible cuidadosamente manejada.

—Ya hemos hablado de esto antes, ¿Por qué insiste en tratar lo mismo una y otra vez?

—Porque no hemos llegado a ninguna conclusión al respecto.

— Yo si.

— Bien, pero no me queda claro tu punto

—Bueno, mire y se lo explico otra vez, y ahora con diagramas para que me entienda —dijo con sorna tomando una hoja de papel, pero no tenía lápiz. La doctora le alargó uno amablemente y con una sonrisa, como si no le importara el sarcasmo de Diana.

—¿Me va a prestar un lápiz doc? ¿No cree que se arriesgue demasiado?

Mariana Osegueda sonrió mientras se quitaba las gafas.

—¿Tú crees que arriesgo mi vida dándote un lápiz?

—¿Por qué nunca contesta las preguntas? Lo único que hace es preguntar y devolver las preguntas que yo le hago.

—Porque lo importante aquí es lo que tú piensas y porqué lo piensas.

—Entonces ¿No importa lo que hago, sólo lo que pienso?

—Es lo mismo ya que uno es consecuencia de lo otro. Toma —Alargó le lápiz hacia ella— Estoy ansiosa de ver ese diagrama.

Mariana miró con atención el rostro de Diana Rosales. Era hermoso y atemorizante.

* * * * * * * * * * * * * * * *

—Odio la escuela.

—Ya me lo dijiste Diana

—No lo suficiente: odio la escuela, odio la escuela, odio la escuela, odio la escuela, odio la escuela

—¡Basta! Me enferma que hagas eso.

—Odio la escuela.

— ¡Ya cállate!

—¿Qué es lo que pasa allá atrás? —El chofer del autobús escolar la miró por el retrovisor con ojos llameantes. Lisseth se encogió en su asiento.

—¿Ves lo que haces? —murmuró apretando los dientes.

—Odio la escuela. —dijo Diana por toda respuesta y se puso a leer.

Todos sus compañeros comentaban la charla que recibirían ese día en el auditorio de la escuela. Un representante del Ministtro de Educación les detallaría los avances obtenidos en los últmos años con la aplicación de una nueva metodología instituida desde cinco años atrás.

—Es estúpido, ¿de que nos sirve saberlo? yo me aburro en la escuela lo mismo que siempre. ¿Qué me importan los avances que me dan más trabajo y más tarea? —protestó Lisseth, a quien no le llamaba la atención estar dos horas escuchando a un funcionario del gobierno. En el asiento de enfrente le respondió la voz de su hermana mayor: Aurora.

—Es importante porque podemos opinar sobre lo que nos gustaría que hagan en vez de lo que hacen ahora.

—¡Sí, claro! Y tú ya piensas que tomarán en cuenta la opinión de un grupo de niños, los “expertos” son ellos Aurora.

—Bueno, al menos deben estar enterados que los alumnos no estamos conformes.

—Siempre acaban entrando en cosas políticas que no entiendo. —Aurora se levantó para ver por sobre el respaldo de su asiento a su rebelde hermanita.

—Lisseth ya no eres una chiquilla, deberías estar más interesada en los asuntos de tu propio país para que puedas opinar.

—¡Ah! Es estúpido y aburrido, es todo lo que opino.

—Será mejor que te vayas formando una mejor opinión sobre asuntos que en realidad importan en vez de andar persiguiendo chicos.

Lisseth enrojeció pero no dijo nada más. Aurora se volvió hacia Diana.

—Diana, ¿Tú que piensas?

—Odio la escuela.

—¿Qué?

—Olvídalo, no conseguirás que diga nada más. Mira ya llegamos, busquemos un lugar al fondo del auditorio, donde nadie nos vea dormir.

Aurora suspiró con resignación, a veces pensaba en cómo dos personas criadas bajo las mismas reglas y en el mismo ambiente pudieran ser tan diferentes. Su hermana pequeña siempre sería una pequeña maleducada.

—Nos vemos a la salida —dijo Aurora mientras se apresuraba a bajar para buscar un asiento en primera fila.

—¿Cómo puede alguien de mi familia ser tan aburrida?

—O…

—¡No me digas! Ya se “odias la escuela” ¿Cómo puedes hacerlo Diana? Mantenerte en lo mismo horas y horas, y hasta días si es posible. Es como si vaciaras tu mente y solo te quedara una idea fija. Me aterras a veces, ¿sabes?

Diana se encogió de hombros. ¿Era tan difícil de entender? Sólo no tenía ganas de hablar, ni de decir nada más porque lo único que sabía es que se sentiría tan feliz de estar en cualquier parte menos ahí. Pensaba que estaba claro, no había nada que explicar.

La charla fue lo que todos esperaban. Solo unos cuantos, Aurora entre ellos, sabían realmente lo que se estaba diciendo y el resto dormían, charlaban en voz baja y reían muy quedo. El personaje sobre el escenario no tenía planeado pasar por alto la actitud de estos muchachos.

—Bueno, jóvenes ahora quisiera escuchar su opinión y si tienen alguna pregunta. —Unas cuantas manos se levantaron, Aurora iba a ponerse de pie para tomar la delantera cuando el hombre volvió a hablar.

—Dígame usted señorita, ¿qué entendió de lo que he dicho aquí?

Sin bajar la mano Aurora siguió la mirada dura y brillante de indignación del facultativo. El corazón se le paralizó de pánico, ¡estaba mirando a su hermana!

Lisseth se puso de pie temblando.

—¿Y – Yo?

—No, la chica a tu lado —Señaló con el extremo de las gafas a Diana que en ese momento dirigía la mirada hacia él por primera vez desde que llegó.

—Póngase de pie.

Diana obedeció.

—Dígame, usted que opina sobre las propuestas que se han hecho para mejorar los resultados de los programas educativos.

Lisseth sintió que algo se le atoraba en la garganta, todos guardaron silencio.

—Odio la escuela.

El auditorio entero prorrumpió en aplausos y se desternillaban de risa. Aurora y los otros pocos que estaban interesados en le tema enrojecieron de indignación. Los profesores trataban de calmar a los estudiantes mientras que la directora se dirigía hacia Diana desgranando rabia por cada poro de la piel.

—¿Cómo pudiste hacernos esto? ¿Acaso no tienes la capacidad de razonar muchachita insolente? Tú y yo tendremos una charla con tu madre. ¡Sígueme!

Diana no mostraba el menor signo de que le importara lo que pasaba a su alrededor y se dirigió a la oficina de la directora como si fuera la situación más natural del mundo y se mantuvo callada mientras la directora le regalaba una lluvia de reflexiones sobre su futuro que ella no entendió. Media hora después llegó su madre.

—Es un insulto, nos ha humillado públicamente, es una mente enferma ¡Eso es lo que es esta criatura!

Elena, la madre de Diana, se puso de pie al oír las duras palabras de la decana.

—No creo que esa sea la forma de tratarla, lo que hizo estuvo mal, pero no puede hablarle así a mi hija.
—Precisamente es porque ya no sé como hablarle ¡Me enferma su actitud!

Elena volvió a tomar asiento y tomó la mano de su hija en un desesperado intento de conciliación.

—Diana, por favor explícanos que te proponías al hablarle de esa forma a ese señor. —pronunció “ese señor” con todo el desprecio de que era capaz.

—El me preguntó que pensaba y en ese momento era lo único que pensaba.

—¿Era lo único que pensabas de todo lo que dijo? —La amargura de la directora era latente en cada gesto y palabra dirigido hacia la joven.

—No escuché lo que dijo y de todos modos no habría entendido.
—¡Descarada!

Diana se puso de pie, las dos mujeres se asustaron del cambio tan brusco. Hacia apenas unos segundos parecía un vegetal y ahora era un volcán en erupción, le dirigió una mirada a la directora que la hizo retroceder en su asiento y escuchar lo que tenía que decir.

—Solo soy una de tantos que no pusieron la menor atención porque nos tiene sin cuidado lo que dijo ese viejo mequetrefe, pero sólo me va a castigar a mí porque sólo yo tuve el valor de decírselo. ¿Ahora ve porque no nos interesa escuchar sobre su maravilloso sistema educativo? ¡Todos ustedes no son más que un montón de títeres que se creen muy sabios citando lo que otros pensaron porque no son capaces de tanto!

Elena estaba asustada ¿Qué podría decir que calmara la caldera de rabia que era entonces la otra mujer?
—Señora Rosales me alegra que haya sido testigo del comportamiento de su hija. Entenderá que me sobran razones para expulsarla definitivamente de esta escuela.

—Pero… pero no puede. Escuche dele una oportunidad más para…

—Pero si los que deben pedir la oportunidad son ellos ¿Has visto mis notas? Y no he superado a todos los mediocres de esta escuela porque haya aprendido algo de los profesores, ha sido sólo por mi inteligencia, que estos son unos retrógrados, ineptos e incompetentes.

—¡Diana calla de una vez!

— No me callo. Odio la escuela, odio la escuela, odio la escuela, odio la escuela,…

—¡Es suficiente! ¡Fuera de aquí! —gritó, al fin, la directora completamente fuera de sí señalando la puerta.

En el viaje de regreso a casa el silencio era tan denso que se podía tomar un poco con una cuchara, para Elena era insoportable, para su hija era como un río de calma.

Al llegar Diana aprovechó que su madre se detenía a sacar los comprados del baúl para delantarse adentro de la casa.

— ¡No te entiendo! —gritó Elena tratando de alcanzarla.

—Esas noticias son antiguas madre —dijo la chica con aburrimiento.

—Te he dicho que pienses antes de hablar, que reflexiones en las consecuencias, que no puedes comportarte como si nada te importara, la vida no es así de fácil Diana

Diana atravesó la puerta en dirección a su cuarto sin prestarle la menor atención a su madre quien entraba cargada de los comprados.

—Ya te dije un millón de veces que me mires cuando te hablo…

* * * * * * * * * * * * * * * *
La doctora Osegueda miraba el dibujo con atención. Había un círculo en toda la hoja, obviamente representaba el mundo. Dentro del círculo había muchos círculos pequeños, dentro de los cuáles había personas. Los círculos de estas personas se acercaban a los de otras y estos a su vez se unían a otros formando familias y sociedades. Sólo había una figura humana que no estaba unida a otros.

—¿Esta eres tú?

—Podría ser usted doc.

Mariana sonrió para sus adentros. Sí, perfectamente podía ser ella misma.

—Podría, pero no lo soy. ¿Cierto? Porque tú eres una chica lista y sabes que todos vivimos en nuestros propios mundos, haciéndonos la ilusión que formamos un mundo con otras personas y no es cierto, porque al fin y al cabo nuestros mundos pueden juntarse pero jamás fundirse.

Diana guardó silencio, había pensado que la doctora interpretaría que se había representado sola separada de los demás, todo lo demás era cierto, solo que Diana no se proponía decírselo.

—Ahora la nueva pregunta es, Diana ¿Por qué crees que tú no tienes un mundo?

—¿Cómo dice? —La chica se veía claramente desconcertada.

La doctora le mostró la hoja.

—No hay un círculo a tu alrededor.

Diana pensó que simplemente había olvidado dibujar el círculo, pero no se creyó a sí misma. ¿Por qué ella no tenía un mundo como los demás?

Una de las paredes de la sala era un espejo, Diana sabía que detrás había personas que ella no conocía mirándola en cada sesión, pesando sus palabras y metiéndolas en tubos de ensayo para sacar conclusiones que solo complicaban la lisa y llana verdad.

—Es lista. —dijo Rowson Perla, detrás del espejo a su compañero. Las palabras flotaron un momento antes que Samuel Hernández saliera de su mutismo y respondiera.

—No, no solo es lista, es más lista que todos nosotros juntos.

Rowson Perla sonrió y quitó la vista del cristal para mirar a su interlocutor.

—Habla por ti Samuel, yo si entiendo el mundo, solo que no me interesa que me encierren, por eso no se lo digo a nadie. A mi modo de ver es la chica más cuerda que conozco.

—“La chica no esta loca, lo locos son el resto del mundo” ¿Es tu diagnóstico profesional?

—El diagnóstico no importa, lo que importa es el veredicto.

—Eso no es ningún misterio, ese ya lo conocemos. Lo que esta en juego es donde pase los próximos veinte o treinta años.

—Veinte o treinta —repitió pensativo— ¿Pueden darle tanto? Es menor de edad.

Los dos hombres en trajes grises miraron de nuevo a través del cristal, al mismo tiempo Diana miró el espejo fijamente.

—¿Pasa algo Diana?

—El mío es el círculo grande doc.

Mariana se reclinó en su silla. Interesante, si y desconcertante.

* * * * * * * * * * * *

La puerta continuaba cerrada a pesar que Elena había quitado el pasador. Al principio pensó que Diana no lo había notado, por eso entró a dejarle su almuerzo y la dejó, deliberadamente, abierta de par en par. Como siempre, Diana se levantó y se sentó a tomar sus alimentos, se le veía en el rostro una tranquilidad casi religiosa. Luego volvió a sentarse en la cama y siguió mirando la ventana que daba al jardín. Elena se preguntaba como alguien podía observar el hermoso paisaje primaveral sin sentir ganas de salir corriendo a bañarse de sol. Lo que no podía saber era que Diana se imaginaba corriendo en el jardín y cortando las flores y se representaba a sí misma esas imágenes como si fueran recuerdos y eso los hacía tan fuertes como si los estuviera viviendo.

Los días iban pasando y cuando, días más tarde, se tragó su orgullo y le habló, no obtuvo respuesta. Es más, nadie pudo hacerlo, Diana estaba nuevamente encerrada en su mundo y nada ni nadie era admitido allí, ni siquiera (mucho menos) su madre.

La última medida desesperada era rogar, suplicar, llorar frente a ella, lo que fuera para volver a gritarse como antes, lo que fuera por ver algo de vida en esa mirada muerta.

Efectivamente, logró una reacción, pero muy lejos de la deseada. Elena nunca pudo penetrar en los oscuros laberintos de la mente de su hija, no tenía que haber supuesto que ese día sería diferente.
Entró a la habitación y se sentó al borde de la cama llevando en las manos una esfera navideña que le regalara a Diana cuando era niña. La jovencita ni siquiera le dirigió una mirada.

—¿Sabes? Cuando eras muy chiquita solías quedarte horas y horas mirando esta esfera como has pasado tantos días mirando la ventana. Si no era esto era algún juguete nuevo, pero nunca a tu padre o a mí.

Diana sintió desde lejos la súplica implícita en aquellas palabras. Pero la mejilla aún le ardía de aquel golpe que había sido la confirmación de todas sus tormentosas ideas: su madre no la quería.

—¡Diana mírame! —rogó desde el fondo de su alma. Diana miró a su madre. Ni compasión, ni odio. Una mirada vacía y un gesto vacío cuando sacó de su gaveta un pañuelo y se lo ofreció a su madre como diciéndole “Limpia esas lágrimas de cocodrilo”.

La reacción de Elena fue casi histérica, se dejó dominar de los sollozos convulsivos que hacían estremecer la cama y en medio de ellos suplicaba.

—Te amo hi… ji… ta… por… fa… vor… cré…e… me

—¿De verdad?

Su voz sonó tan lejana, como si no tomara parte en la escena, como si fuera una simple espectadora. ¡Pero le había hablado!

—Pero por…

—¿De verdad, Elena?

Ella se asustó. Su hija nunca la había llamado por su nombre.

—¿De verdad me amabas cuando te disculpabas por mí aquellas veces que yo preguntaba cosas sin sentido? ¿Me amabas cuando te avergonzabas de que tu hijita de cuatro años no hubiera aprendido a hacer amigos en el jardín de niños? ¿Y cuando las maestras me tildaban de perversa por sentir curiosidad de libros que no tenía idea que eran “malos”? ¿Me amabas cuando me dejabas en casa para ir a buscar al hombre que reemplazó a papá? ¿Me amabas cuando me golpeaste y cerraste con llave la puerta? Al diablo con tu amor, tú nunca me comprendiste ni hiciste el menor esfuerzo por hacerlo, Elena, ¡No me vengas con hipocresías!

Se había bajado de la cama y caminaba hacia ella sólo con sus palabras como arma. Estaban ahora en el pasillo y Elena tenía la espalda contra el barandal, en sus manos la esfera navideña dejaba caer copos de nieve sobre el poblado en miniatura. Diana la tomó de las manos de su madre, ella permaneció como sosteniéndola aunque ya no estaba.

—¿Sabes porque miraba la esfera? Por la misma razón que miraba los juguetes y estos días la ventana. Tenían promesas que cumplir… —¡No como tú!  Fue un ligero movimiento, como los lanzadores de Baseball.

—¡Diana!

Lisseth gritó en la puerta de la sala desde donde veía la esfera precipitarse hacia el piso y a Elena estirarse demasiado sobre la baranda para recuperarla. Todo fue cuestión de segundos. Lisseth no supo que le horrorizó más, si el cuerpo con el rostro destrozado por los cristales de la esfera o la impasible mirada de Diana en lo alto de las escaleras, no había hecho ni un movimiento para salvarla, no había gritado de dolor durante los interminables segundos que Elena necesitó para impactar en el piso de la sala y no hubo ni una lágrima cuando tomó el mantel blanco de la mesa y cubrió el cuerpo.

* * * * * * * * * * * *

—¿Y en conclusión?

—En conclusión. —Diana se dirigió al espejo. Repitió las palabras como analizándolas —Se supone que esta conclusión determinará si debo ir a prisión o a un manicomio. ¿Por qué me lo pregunta a mí?

—Diana, si volvieras a estar en el pasillo de tu casa y supieras que tu madre trataría de alcanzar la esfera. ¿La volverías a lanzar?

Diana se cruzó de brazos y se perdió otra vez en su mundo. ¡Todo era tan claro! ¡Todo era tan simple! ¿Por qué todos insistían en hacer preguntas tan estúpidas? Era obvio que nadie nunca la escuchaba, era obvio que siempre, siempre estaría confinada a aquel silencio.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s