Cuentos, Sin categoría

El último beso

Cuando Consuelo Gonzáles, la Conchita, cumplió dieciséis años se comprometió con Felipe, de diecinueve.

Era la guerra sólo un rumor y lo único que les importaba en la vida era que el café estaba maduro y limpiar su pedacito de tierra para su casita.

A veces la vida promete, pero no cumple.

Se abrían en aromas los entrañables cafetales en las fincas de Zacatecoluca y el resto de la pequeña nación, cuando la familia recibió el aviso: agonizaba la madrina y era menester ir a acompañarla.

—Mañana mismo vuelvo, amá, no se aflija. Cuídeme a mi “Conchita” que hay la dejo toda agüitada.

—Vaya con Dios, mijito, y me saluda a su madrina, que se mejore pronto pa’que venga a su boda, pues. —murmuró la Niña Mary blandiendo su fe de hierro y agitando su pequeña mano al bendecir en silencio a su hijo mayor.

—De su parte, amá. —respondió Felipe mientras sonreía y veía con ternura a la viejecita de sus amores.

Era un hombre de pocas palabras, correcto, trabajador y honesto hasta la médula. Algunos decían que Consuelo parecía más una hermanita que su novia. Él mantenía la distancia porque al acercársele se ponía toda nerviosa y colorada como el cielo en aquellos veranos de plomo. Pero la quería, nadie en su sano juicio podría haber dudado de aquella mirada de sol y su sonrisa reposada, y ella lo veía desde abajo, casi con reverencia.

Lo vieron, tomadas de la mano, abordar el destartalado autobús rumbo a San Miguel a acompañar a su madrina y participarla del futuro matrimonio. A Consuelo la asaltó una sensación parecida a cuando, de pequeña, tenía que pasar hambre por varios días y el estómago se le achicaba tanto que dolía y casi no podía respirar. Desde que la familia de Felipe la había acogido, y cuidado con ternura, eso no lo había vuelto a sentir.

—¡Ay, Niña Mary! Viera que me da un váguido y me tiemblan las piernas.

—¿Ya te me vas a enfermar, pues? Esas son cosas de debilidá, mamita, vamos a darte una’güita de arroz pa’que me le pase.
Hay va venir el Felipe todo enojado si me la ve ansina.

La sensación no se fue y conforme pasaban los días se hizo más fuerte. Felipe no regresó al día siguiente como había prometido. Esperaron tres días y comenzaron a buscar: preguntaron, viajaron, hospitales, cuarteles, la guardia… ¡Nada!

Todo apuntaba a que nunca conocerían su paradero hasta que, dos meses después, los guerrilleros se tomaron la finca y uno de ellos, alicaído, desmejorado y pálido como un espanto les dirigió unas palabras en secreto en medio de una noche sin luna.

—¿Ustedes son la familia, Flores, pues?

Nadie le respondió. El resentimiento por el abuso y la intromisión le ganaba por momentos al terror.

—Mire señito, yo sólo quería icirle que yo sé qué le pasó a su’ijo.

La Niña Mary había adoptado, desde que se tomaron el atrevimiento de sitiarlas en su propia casa, una actitud distante, arrogante, y a veces de franco desprecio, pero, ante estas palabras, su pose de autosuficiencia se desplomó estrepitosamente estrellándose contra la última desesperanza. Porque si de una cosa estaba segura, era que ninguna noticia buena podía surgir de aquella tribu de bárbaros que languidecían delante de sus ojos.

El hombre, arma al hombro, sacó de su bolsillo un pedazo de tela verde cosido a otro pedazo de tela azul, estaba manchado de sangre y podía distinguirse aún un agujero con las orillas quemadas.

—¡El cielo me ampare! ¿Qué le hizo a mijo, demonio?

En medio de las imprecaciones y el alboroto de la familia, el trozo de tela fue pasando de uno a otro hasta llegar a las manos trémulas de Consuelo, quién lo veía a través del velo de sus lágrimas sin decir nada, como siempre: muda y tranquila, como si no fuera cosa suya, pero con los ojos perdidos y dolorosos.

—No tuvimos la culpa, madrecita, íbamos en el mismo bus y los soldados pensaron quera uno de nosotros. No se corrió pues, pensó que l’iban a crer… y ahí quedó. Yo le hallé, despuecito, la cédula y guardé esto pa’que al menos no esperara por gusto.

Todavía hoy, cuarenta años después, los ojos de Consuelo, mi madre, se llenan de lágrimas cuando recuerda cómo, al escuchar esas palabras había llevado ceremoniosamente sus labios pálidos a aquel pedazo de tela ensangrentada como alguna vez lo hizo sobre su fuerte mano para agradecerle su cariño y bondad.

 

1

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s