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El Lápiz Mágico

lapiz

 

Una ligera brisa agitó los listones rosas y amarillos que decoraban la tienda cuando Linda abrió la puerta.

La tienda no era como la había imaginado. Había estanterías llenas de peluches con formas de toda clase de animales, floreros miniatura, llaveros de corazones, portarretratos donde la familia se veía bordeada de un profuso jardín florido, y para rematar, detrás del mostrador encontró una amplia sonrisa orlada de pliegues y la mirada dulce de una benévola abuelita.

—¡Vaya! No esperaba a una lindura con cara de ángel como tú —saludó la anciana.

—¿Ah?

Las zapatillas de charol se volvieron plomo y de pronto Linda se sintió incapaz de dar un paso. La anciana emitió una risa musical, como cuando suenan las campanitas de navidad en un árbol en miniatura.

—Perdona, querida. No quería asustarte. ¿Cómo te llamas?

—Li… Linda.

—Bueno Linda —La sonrisa de la anciana cambió a algo parecido a una mueca de dolor o decepción, Linda no podía precisarlo—, siento informarte que no puedo ayudarte.

Linda sintió que la desataban del lugar donde había estado enclavada como estatua y caminó hacia el mostrador aparentando más decisión de la que en realidad sentía.

—¡No! Por favor, no me diga eso. Si no es usted, la verdad, no sabría a dónde acudir.

La anciana volvió a reír.

—Querida, me das más crédito del que tengo. Yo sólo soy la guardiana.

Linda cayó sobre el mostrador respirando fuerte y las manos temblorosas.

—¡Ya lo sé! ¡Ya lo sé! Sólo deme la maldita cosa y yo haré el resto.

La anciana se puso seria y abrió un cajón de dónde sacó una cajita de unas ocho pulgadas de largo  y la puso sobre el mostrador delante de Linda.

—Para empezar no lo llames “Maldita cosa”…

—¡Sirve para matar personas! Debería llamarlo “Lápiz Maldito” o “Lápiz del Demonio” o algo peor.

La anciana compuso su cara de enojo, la transformó en una expresión apacible y volvió a sonreír.

—El Lápiz quita la vida si, y sólo si, tu escritura está plasmada con el más puro y profundo odio. De lo contrario no es más que un lápiz ordinario.

Linda se enderezó y miró la caja con los ojos muy abiertos. Entreabrió los labios para decir algo pero guardó silencio.

—Yo… yo no odio a esa persona —dijo al fin en un susurro.

—¡Por supuesto que no! ¿Cómo podrías odiar a un padre bueno y amoroso que te cuidó y educó e hizo de ti la mujer que eres? ¿Lo ves? Por eso te dije que no puedo ayudarte. El Lápiz Mágico sólo mata movido por el odio. Incluso si alguien escribe un nombre con el propósito de quedarse con el dinero o la esposa o cualquier pertenencia de otro, eso no es odio, es igual de pestilente, pero no es odio.

Linda evitó la mirada escrutadora de la anciana. No, no podía odiar a su padre. No quería hacerle daño, sólo quería que dejara de sufrir. La tibia gota hizo el eterno recorrido a través de su mejilla y se secó en el infinito antes de caer al piso. Respiró hondo  e hizo una mueca que quería ser una sonrisa.

—¿Mágico? Suena casi romántico… como si hiciera los sueños realidad.

—En cierto modo lo hace.

De pronto los colores y el ambiente fresco y dulce de la tienda se opacaron y Linda sintió el aire pesado. Volvió a expandir sus pulmones con fuerza y miró la caja alargada. ¿Sería posible que aquel hallazgo extraordinario no le sirviera de nada? Habían pasado dos largos y agónicos años de idas y venidas de hospital en hospital, tratamientos inútiles, falsas esperanzas e interminables noches en vela al lado de su cama soportando la voz de su padre áspera y débil suplicando una y otra vez:

—Linda… haz que pare… por favor…

Se cubrió el rostro con ambas manos y cayó de rodillas convulsionada por el llanto.

—Lo siento, pero la magia no es para todos —Suspiró la anciana, saliendo de detrás del mostrador para darle palmaditas en la espalda.

—Espere… —Su rostro se iluminó  con desesperación— esa cosa mal… digo, su Lápiz Mágico ¿Quita la vida aunque no sea de una persona? Es decir… mata, ¿Otros… seres?

La anciana la se enderezó con dificultad y frunció el ceño.

—Yo… no sé… la única regla que debes cumplir es la regla del odio, nada más importa.

Linda sonrió. La anciana tenía razón. El lápiz hacía los sueños realidad… no era una cosa maldita, era un lápiz mágico.

 

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