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Adiós y Miedo

Morir de Miedo. No me pareció el mejor título para el último cuento de la colección pero era el que le gustó más al editor y así se llamaría el libro en el cual aparecerían las cinco historias. Primero que nada hay que tener un buen principio… ¡No se me ocurre nada!

Volví a sacar la página de la máquina de escribir. ¡Reniego de la hora en que se descompuso mi compu! ¡Cuánto desperdicio de papel!

Me recliné en mi silla y masajeé mis sienes con desesperación. Eran las cuatro de la mañana y tenía cinco horas para escribir un relato de terror. Mi incurable “Síndrome de última hora”, cinco noches seguidas de fiesta, suficiente cerveza para ahogarse, pereza y la indulgencia de mi editor fueron los causales de mi situación actual: ¡Atorada!

Debí pensármelo mejor antes de convertirme en escritora, pero es demasiado tarde para echar marcha atrás. Tomé la botella vacía de leche ¡Leche! Porque una cerveza más me habría sorbido los sesos. Bajé las gradas con los pliegues de mi pijama flotaban a mi alrededor, era mi favorita: seda blanca, un primor, el primer capricho caro que me consentí. Puse la botella en su lugar y metí la cabeza al refrigerador en busca de algo que comer, pero definitivamente necesitaba enfriar mi cabeza para ver si así surgía algo de ella.

—Una historia de Terror ¡Esto es una historia de terror!

Las cuatro historias anteriores no fueron mucho problema, pero se suponía que la última debía ser una obra maestra, ¡una obra maestra que dejé para última hora!

Definitivamente la única forma de escribirla sería vivir una ahora mismo, tenía que morirme de miedo o escribirla bajo efectos de la droga, si le funcionó a Poe puede funcionarme a mí. Saqué la cabeza de la “refri” y en ese momento escuché una tonadilla familiar

—¿El móvil ahora? ¡No puede ser Gabriel!

Mi editor no acostumbraba llamar a esas horas aunque supiera que estaba despierta trabajando. Subí las gradas de dos en dos ya que me lo dejé arriba y al entrar empecé a revolver cantidades de papel en blanco, revistas, libros de Lovecrafht y Edgar Allan Poe, una caja de cigarrillos y .. ¡Aquí está!

—¿Hola?

Nada.

—¿Me colgó? El siempre espera hasta el último tono.

Presioné rellamada y enseguida oí la voz de la computadora: “Su llamada será transferida al buzón de voz”

—¿Qué? ¡No puede ser!

Lancé el aparato sobre la cama y empezó a sonar de nuevo

—¡Hola! —grité ya encolerizada, cosa muy frecuente en mí.

Pero otra vez. Nada.

— Si esto es una broma… — Apreté rellamada. “Su llamada será…”
— ¡Al diablo! —Lo tiré otra vez y me senté frente a la máquina de escribir, pronto el ruido de las teclas resonó por toda la cuadra, bueno, eso me parecía a mí. Y entonces…

¡El celular!

Me puse de pie casi histérica, pero esta vez dejó de sonar antes que llegara a tocarlo. El silencio que pude percibir entonces era de lo más extraño. Desde lejos empezó a surgir un sonido extraño y a la vez conocido.

“Su llamada será transferida al buzón de voz”

Me quedé de una pieza ante aquella insólita voz resonando por toda la habitación.

“Sil, yo otra vez, es el tercer mensaje que te dejo, sé que estas despierta, llámame es importante”

—¿Qué está pasando aquí?

¡Tac! ¡Tac! ¡Tac!

Me volteé hacia la máquina con la velocidad de un rayo. En el papel aparecieron tres letras

“S” “I” “L”

El siguiente sonido hizo que me arrojara sobre la cama como una posesa para tomar el móvil, contesté en medio del primer tono.

—¿Gabriel? ¿Qué está pasando?

—Nada, solo quería saber si habías avanzado. Perdón por molestarte.

—Pero el mensaje… las otras llamadas… la máquina de escribir. Tenías algo importante que decirme.

—Bueno, pero no es algo que te diría por teléfono.

—¡Por Dios Gabriel!, dime de una vez qué es lo que está pasando, es como una pesadilla.

—Es sólo que… Nunca te he dicho cuanto aprecio trabajar contigo, sé que estas ocupada, mejor hablamos mañana.

No sé por qué aquellas palabras, de ordinario tan normales, esa mañana me llenaron de terror.

—¡No! Mañana no, ahora mismo, dímelo ahora mismo.

— Sil… ya lo sabes. —El singular sonido de la línea al colgar me llegó a los oídos. Sí, yo lo sabía, la razón por la que era tan paciente, indulgente más bien, la razón por la cual era su consentida, y siempre estaba pendiente de mí, yo lo sabía, pero no me esperaba que me lo dijera algún día y menos esa mañana. A las cinco de la mañana sonó por quinta vez el celular.

—Gabriel yo…

—¿Señorita Rosales?

—Sí, ¿quién habla?

—De la policía, lamento informarle que un amigo suyo falleció ayer tarde en un accidente de tránsito, parece ser que era su editor, necesito hacerle unas…

Su voz se va perdiendo mientras el teléfono se desliza de mis manos temblorosas. Otra vez la máquina de escribir…

¡Tac! ¡Tac! ¡Tac! ¡Tac! ¡Tac!

Cinco letras.

No tengo fuerzas para mirar, sé lo que dice.

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